martes, 8 de noviembre de 2011

La corte de Atila (c. 450)


Cuando volvimos a nuestra tienda, el padre de Orestes vino con una invitación de Atila para nosotros dos, a un banquete a las tres en punto. Cuando llegó la hora, fuimos al palacio, junto con la embajada de los romanos occidentales, y nos paramos en el umbral del salón, en presencia de Atila. Los escanciadores nos dieron una copa, de acuerdo con la costumbre nacional, que debíamos libar antes de sentarnos. Habiendo probado la copa, procedimos a tomar nuestros asientos; todas las sillas estaban alineadas a lo largo de las paredes del salón en ambos lados. Atila se sentaba en el medio, sobre un sillón; un segundo sillón estaba ubicado detrás de él, y desde él, unos pasos llevaban a su cama, la cual estaba cubierta con sábanas de lino y cobertores bordados como adorno, tal como griegos y romanos suelen decorar los lechos de las novias. Los lugares a la derecha de Atila eran primeros en honor, los de la izquierda, donde nosotros nos sentábamos, eran solo segundos. Berijo, un noble entre los escitas, se sentaba a nuestro lado, pero estaba antes que nosotros. Onegesio se sentó en una silla a la derecha del diván de Atila, y al otro lado, frente a Onegesio, en la silla se sentaron dos de los hijos de Atila; su hijo mayor se sentaba en su diván, no cerca de él, pero en el rincón final, con sus ojos fijos en el suelo, en tímido respeto hacia su padre. Cuando todos estuvieron acomodados, un copero vino y dio a Atila una copa de madera con vino. Él la tomó, y saludó a los primeros en precedencia quienes, honrados por el saludo, se pararon y no se sentarían hasta que el rey, habiendo probado o escurrido el vino, devolviera la copa al sirviente. Entonces todos los invitados honraron a Atila en la misma forma, saludándolo, y probando sus copas; pero él no se paró. Cada uno de nosotros tenía un copero especial, que vendría para presentar el vino cuando el copero de Atila se hubiera retirado. Cuando el segundo en precedencia y aquéllos junto a él habían sido honrados de la misma manera, Atila brindó con nosotros del mismo modo, de acuerdo al orden de los asientos. Cuando esta ceremonia terminó, los escanciadores se retiraron, y se ubicaron mesas, lo suficientemente largas para tres o cuatro comensales, o quizás más, junto a la mesa de Atila, para que cada uno pudiera sacar la comida en los platos, sin pararse de su asiento. El sirviente de Atila primero entró con un plato lleno de carne, y detrás de él venían otros sirvientes con pan y viandas, las cuales pusieron sobre las mesas. Una comida lujosa, servida en vajilla de plata, había sido preparada para nosotros y para los invitados bárbaros, pero Atila no comió otra cosa que carne en un plato de madera. En todo lo demás, también, se mostró moderado; su copa era de madera, mientras que a los invitados les habían sido dadas copas de oro y plata. Su vestido también era bastante simple, mostrando sólo estar limpio. La espada que llevaba a su lado, los cordones de sus zapatos escitas, la brida de su caballo, no estaban adornados, como los de los otros escitas, con oro o gemas o cualquier cosa onerosa. Cuando las viandas del primer plato habían sido consumidas, todos nos pusimos de pie, y no volvimos a nuestros asientos hasta que cada uno, en el orden antes observado, bebió a la salud de Atila en la copa de vino presentada a él. Entonces nos sentamos, y un segundo plato fue puesto en cada mesa con comestibles de otro tipo. Después de este plato, la misma ceremonia fue observada como después de la primera. Al caer la tarde, se encendieron antorchas, y dos bárbaros dirigiéndose a Atila, cantaron canciones que ellos habían compuesto, celebrando sus victorias y hazañas de valor en la guerra. Y de los invitados, mientras miraban a los cantantes, algunos disfrutaban de los versos, otros, acordándose de las guerras, se excitaron en sus espíritus, mientras que aun otros, cuyos cuerpos eran débiles por la edad y sus almas compelidas al descanso, derramaban lágrimas. Tras las canciones, un escita, cuya mente estaba trastornada, apareció, y pronunciando palabras extranjeras y sin sentido, obligó a todos a reírse. Después de él, Zerkon, el enano morisco, entró. Él había sido enviado por Atila como un regalo a Ezio, y Edecon lo había persuadido de volver a Atila a recuperar a su esposa, a quien había dejado atrás en Escitia; la dama era una escita a quien él había obtenido en matrimonio a través de la influencia de su patrón, Bleda. No tuvo éxito en recuperarla, pues Atila estaba enojado con él por haber vuelto. En ocasión del banquete él hizo su aparición, y arrojó a todos, excepto a Atila, en una risa insaciable, por su apariencia, su vestido, su voz, y sus palabras, que eran una confusa mezcla de latín, huno y gótico. Atila, en todo caso, permaneció inmóvil y con inalterado semblante; no por palabra, no por acto, dejó escapar nada parecido a una sonrisa de felicidad, excepto cuando entró Ernas, su hijo menor, a quien tiró de la mejilla, y observó con una tranquila mirada de satisfacción. Me sorprendió que atendiera tanto a este hijo e ignorara a sus otros niños, pero un bárbaro sentado junto a mí y que sabía latín, pidiéndome que no revelara lo que decía, me dio a entender que los profetas habían advertido a Atila que su raza caería, pero que sería restaurada por este niño. Cuando la noche había avanzado, nos retiramos del banquete, sin desear quedarnos más en las celebraciones.
Priscos, Fragm. 8, en: Excerpta de Legationibus, en: Corpus Scriptoriae Historiae Byzantinae.     En MARÍN, J., Textos históricos. Del Imperio Romano hasta el siglo VIII, Santiago de Chile, RIL, 2003, pp. 227-235.


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Fuente: Mundo Tardoantiguo - Biblioteca Virtual

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