jueves, 10 de noviembre de 2011

Bárbaros: Los Francos

Documental (5 partes) sobre la tribu bárbara de los Francos realizado por la cadena televisiva History Channel. 

Parte 1

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Bárbaros: Los Lombardos

Documental sobre la tribu bárbara de los lombardos realizado por el canal de televisión History Channel.


martes, 8 de noviembre de 2011

La corte de Atila (c. 450)


Cuando volvimos a nuestra tienda, el padre de Orestes vino con una invitación de Atila para nosotros dos, a un banquete a las tres en punto. Cuando llegó la hora, fuimos al palacio, junto con la embajada de los romanos occidentales, y nos paramos en el umbral del salón, en presencia de Atila. Los escanciadores nos dieron una copa, de acuerdo con la costumbre nacional, que debíamos libar antes de sentarnos. Habiendo probado la copa, procedimos a tomar nuestros asientos; todas las sillas estaban alineadas a lo largo de las paredes del salón en ambos lados. Atila se sentaba en el medio, sobre un sillón; un segundo sillón estaba ubicado detrás de él, y desde él, unos pasos llevaban a su cama, la cual estaba cubierta con sábanas de lino y cobertores bordados como adorno, tal como griegos y romanos suelen decorar los lechos de las novias. Los lugares a la derecha de Atila eran primeros en honor, los de la izquierda, donde nosotros nos sentábamos, eran solo segundos. Berijo, un noble entre los escitas, se sentaba a nuestro lado, pero estaba antes que nosotros. Onegesio se sentó en una silla a la derecha del diván de Atila, y al otro lado, frente a Onegesio, en la silla se sentaron dos de los hijos de Atila; su hijo mayor se sentaba en su diván, no cerca de él, pero en el rincón final, con sus ojos fijos en el suelo, en tímido respeto hacia su padre. Cuando todos estuvieron acomodados, un copero vino y dio a Atila una copa de madera con vino. Él la tomó, y saludó a los primeros en precedencia quienes, honrados por el saludo, se pararon y no se sentarían hasta que el rey, habiendo probado o escurrido el vino, devolviera la copa al sirviente. Entonces todos los invitados honraron a Atila en la misma forma, saludándolo, y probando sus copas; pero él no se paró. Cada uno de nosotros tenía un copero especial, que vendría para presentar el vino cuando el copero de Atila se hubiera retirado. Cuando el segundo en precedencia y aquéllos junto a él habían sido honrados de la misma manera, Atila brindó con nosotros del mismo modo, de acuerdo al orden de los asientos. Cuando esta ceremonia terminó, los escanciadores se retiraron, y se ubicaron mesas, lo suficientemente largas para tres o cuatro comensales, o quizás más, junto a la mesa de Atila, para que cada uno pudiera sacar la comida en los platos, sin pararse de su asiento. El sirviente de Atila primero entró con un plato lleno de carne, y detrás de él venían otros sirvientes con pan y viandas, las cuales pusieron sobre las mesas. Una comida lujosa, servida en vajilla de plata, había sido preparada para nosotros y para los invitados bárbaros, pero Atila no comió otra cosa que carne en un plato de madera. En todo lo demás, también, se mostró moderado; su copa era de madera, mientras que a los invitados les habían sido dadas copas de oro y plata. Su vestido también era bastante simple, mostrando sólo estar limpio. La espada que llevaba a su lado, los cordones de sus zapatos escitas, la brida de su caballo, no estaban adornados, como los de los otros escitas, con oro o gemas o cualquier cosa onerosa. Cuando las viandas del primer plato habían sido consumidas, todos nos pusimos de pie, y no volvimos a nuestros asientos hasta que cada uno, en el orden antes observado, bebió a la salud de Atila en la copa de vino presentada a él. Entonces nos sentamos, y un segundo plato fue puesto en cada mesa con comestibles de otro tipo. Después de este plato, la misma ceremonia fue observada como después de la primera. Al caer la tarde, se encendieron antorchas, y dos bárbaros dirigiéndose a Atila, cantaron canciones que ellos habían compuesto, celebrando sus victorias y hazañas de valor en la guerra. Y de los invitados, mientras miraban a los cantantes, algunos disfrutaban de los versos, otros, acordándose de las guerras, se excitaron en sus espíritus, mientras que aun otros, cuyos cuerpos eran débiles por la edad y sus almas compelidas al descanso, derramaban lágrimas. Tras las canciones, un escita, cuya mente estaba trastornada, apareció, y pronunciando palabras extranjeras y sin sentido, obligó a todos a reírse. Después de él, Zerkon, el enano morisco, entró. Él había sido enviado por Atila como un regalo a Ezio, y Edecon lo había persuadido de volver a Atila a recuperar a su esposa, a quien había dejado atrás en Escitia; la dama era una escita a quien él había obtenido en matrimonio a través de la influencia de su patrón, Bleda. No tuvo éxito en recuperarla, pues Atila estaba enojado con él por haber vuelto. En ocasión del banquete él hizo su aparición, y arrojó a todos, excepto a Atila, en una risa insaciable, por su apariencia, su vestido, su voz, y sus palabras, que eran una confusa mezcla de latín, huno y gótico. Atila, en todo caso, permaneció inmóvil y con inalterado semblante; no por palabra, no por acto, dejó escapar nada parecido a una sonrisa de felicidad, excepto cuando entró Ernas, su hijo menor, a quien tiró de la mejilla, y observó con una tranquila mirada de satisfacción. Me sorprendió que atendiera tanto a este hijo e ignorara a sus otros niños, pero un bárbaro sentado junto a mí y que sabía latín, pidiéndome que no revelara lo que decía, me dio a entender que los profetas habían advertido a Atila que su raza caería, pero que sería restaurada por este niño. Cuando la noche había avanzado, nos retiramos del banquete, sin desear quedarnos más en las celebraciones.
Priscos, Fragm. 8, en: Excerpta de Legationibus, en: Corpus Scriptoriae Historiae Byzantinae.     En MARÍN, J., Textos históricos. Del Imperio Romano hasta el siglo VIII, Santiago de Chile, RIL, 2003, pp. 227-235.


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Fuente: Mundo Tardoantiguo - Biblioteca Virtual

lunes, 7 de noviembre de 2011

Los bárbaros como libertadores


Van a buscar sin duda entre los Bárbaros la humanidad de los Romanos porque no pueden soportar más entre romanos una inhumanidad propia de Bárbaros. Son diferentes de los pueblos en los que se refugian. No tienen ni sus costumbres, ni su lengua ni, si se me permite decirlo, el fétido olor de los cuerpos y vestiduras bárbaros. Prefieren sin embargo plegarse a esta diversidad de costumbres antes que sufrir injusticia y crueldades entre los romanos. Emigran, pues hacia los Godos o hacia los Bagaudas, o hacia los otros Bárbaros, que dominan por todas partes, y nunca se arrepienten de este exilio. Porque prefieren vivir libres bajo apariencia de esclavitud, mejor que ser esclavos bajo una aspecto de libertad. Solo hay un deseo común entre los romanos: no verse nunca obligados a volver bajo la ley romana; solo hay una exclamación común a toda la muchedumbre romana: continuar viviendo con los bárbaros.
SALVIANO, De Gubernatione Dei, IV y V, M. G. H., A. A. I, Berlín, (2.ª), 1961, p. 108 y 113.


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Fuente: Mundo Tardoantiguo - Biblioteca Virtual

jueves, 3 de noviembre de 2011

Las cofradías de los germanos antes de las invasiones


(...) Eligen algunas veces por príncipes algunos de la juventud, ya sea por su insigne nobleza, o por los grandes servicios y merecimientos de sus padres; y éstos se juntan con los más robustos, y que por su valor se han hecho conocer y estimar; y ninguno de ellos se avergüenza de ser camarada de los tales y de que se los vea entre ellos; antes hay en la compañía sus grados los cuales son discernidos, por parecer y juicio del que siguen. Los compañeros del príncipe procuran por todas las vías alcanzar el primer lugar cerca de él; y los príncipes ponen todo su cuidado en tener muchos y muy valientes compañeros; el andar siempre rodeados de una cuadrilla de mozos escogidos es su mayor dignidad y son sus fuerzas; que en la paz les sirve de honra y en la guerra de ayuda y defensa. Y el aventajarse a los demás en número y valor de los compañeros, no solamente les da nombre y gloria con su gente, sino también con las ciudades comarcanas; porque éstas procuran su amistad con embajadas, y los hombres con dones; y muchas veces basta la fama para acabar las guerras, sin que sea necesario llegar a ellas.
     De manera que el príncipe pelea por la victoria y los compañeros por el príncipe. Cuando su ciudad está largo tiempo en paz y ociosidad, muchos de los mancebos nobles de ella se van a otras naciones donde saben que hay guerra, porque esta gente aborrece el reposo, y en las ocasiones de mayor peligro se hacen más fácilmente hombres esclarecidos. Y los príncipes no pueden sustentar aquél acompañamiento grande que traen sino con la fuerza y con la guerra: porque de la liberalidad de su príncipe sacan ellos, el uno un buen caballo, y el otro una framea victoriosa y teñida en la sangre enemiga. Y la comida y banquetes grandes, aunque mal ordenados, que les hacen cada día, les sirven para sueldo. Y esta liberalidad no tienen de qué hacerla sino con guerra y robos.
     Es fuerza ser enemigo de los enemigos del padre o pariente, y amigo de sus amigos.
P.CORNELIO TÁCITO, De las costumbres, sitio y pueblos de la Germania. Trad C. Coloma, Obras completas, col. Clásicos inolvidables, Buenos Aires, 1952, cap. XIII, p. 732, cap. XIV, p. 733 y cap. XXI, p. 736.




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Fuente: Mundo Tardoantiguo - Biblioteca Virtual

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Costumbres de los germanos en el siglo I


Mientras los germanos no hacen la guerra, cazan un poco y sobre todo viven en la ociosidad dedicados al sueño y a la comida. Los más fuertes y belicosos no hacen nada; delegan los trabajos domésticos y el cuidado de los penates y del agro a las mujeres, los ancianos y los más débiles de la familia, languidecen en el ocio; admirable contradicción de la naturaleza, que hace que los mismos hombres hasta tal punto amen la inercia y aborrezcan la quietud. Es costumbre que espontánea e individualmente las tribus ofrezcan a sus jefes ganado y cereales, lo cual, recibido por éstos como un homenaje, también satisface sus necesidades. Pero ante todo les halagan los presentes que les son enviados de pueblos vecinos, no sólo por particulares, sino también oficialmente, tales como caballos escogidos, ricas armas, faleras y collares (...)
     Los pueblos germanos no habitan en ciudades, es bien sabido, incluso no toleran que las casas sean contiguas. Se establecen en lugares aislados y apartados, en relación con una fuente, un campo o un prado, según les plazca. Las aldeas no están construidas como nosotros acostumbramos, con edificios contiguos y unidos unos a otros; cada uno tiene un espacio vacío que rodea su casa, sea como defensa contra los peligros de incendio, sea por ignorancia en el arte de la construcción. En realidad, no emplean ni piedras ni tejas, se sirven únicamente de madera sin pulimentar, independientemente de su forma o belleza. No obstante embadurnan los lugares más destacables con una tierra tan pura y brillante, que imita la pintura y los dibujos de colores. También acostumbran a excavar subterráneos que cubren con mucho estiércol y que sirven de refugio durante el invierno y de depósito para los cereales, puesto que estos lugares los preservan de los rigores del frío. Y de este modo, si el enemigo aparece, sólo saquea lo que está al descubierto, las cosas ocultas y enterradas o bien las ignoran o bien por ello mismo les escapan, puesto que habría que buscarlas.
     Para todos el vestido es un sayo sujeto por un broche o, a falta de éste, por una espina; sin otro abrigo permanecen días enteros junto al fuego del hogar. Los más ricos se distinguen por su vestidura no holgada, como la de los sármatas y los partos, sino ajustada marcando los miembros. También visten pieles de fieras, descuidadamente los más próximos a las orillas, con más esmero los del interior, para quienes las relaciones comerciales no pueden dar otro atavío. Eligen determinadas fieras y adornan con manchas las pieles arrancadas (...) y el vestido de las mujeres no difiere del de los hombres, excepto en que las mujeres se cubren más frecuentemente con tejidos de lino adornados con púrpura y en que la parte superior del vestido no se prolonga formando las mangas; llevan desnudos los brazos y los antebrazos, incluso la parte alta del pecho aparece descubierta.
P. CORNELIO TACITO, De origine et situ Germanoru. Ed. E. Koestermann, Lipsiae in aedibus B. G. Teubneri, 1949, II, fasc.2, pp. 14-15. Recoge M. RIU y otros, Textos comentados de época medieval (siglo V al XII), Barcelona, 1975, pp. 30-32.





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Fuente: Mundo Tardoantiguo - Biblioteca Virtual